Coronavirus y mutaciones de la política, la mirada de Gustavo Vittori

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    El Covid-19 no tiene la menor idea de quién es Alberto Fernández, desconoce sus políticas públicas de control de la pandemia y es refractario a las medidas que tienden a administrar la velocidad de sus efectos. Lo digo, porque en los relatos épicos a los que la Argentina es adicta el virus es motejado de bicho maldito y enemigo a derrotar, todo lo cual supone atribuirle condiciones entre humanas y animales a una secuencia genética microscópica, envuelta por una proteína que busca el punto de entrada a un organismo vivo, como el nuestro, y si lo consigue, puede complicarnos la vida. A este respecto, las metáforas guerreras ayudan poco y nada a comprender el fenómeno.

    En caso de que el virus logre ingresar, el paso siguiente es abrir con su "ganzúa" proteínica la célula humana compatible para descargar allí su propio "programa" genético, artilugio que confunde a nuestra biología y le permite el comienzo de su tarea de reproducción, a menudo letal.

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    Para el virus el éxito de la maniobra es una cuestión de vida o muerte. Si lo logra, activa su vida, y puede causar nuestra muerte. En rigor, como escribió una literaria pluma científica, los virus no están vivos ni muertos, sino en una suerte de latencia, y como carecen de los elementos necesarios para formar una célula, no pueden multiplicarse por sí mismos. Por eso su "instinto" los impulsa a buscar receptores apropiados para activarse y reproducirse, huéspedes que les resulten útiles para salir de su "limbo" biológico.


    La mecánica es sencilla cuando los seres humanos, con inconsciente descuido, les facilitan el acceso a sus organismos. En esas circunstancias, el virus oportunista ingresa por vía aérea a nuestro sistema respiratorio y acopla su proteína con la que recubre nuestras células, descargando en ellas la información de su propio genoma. Así comienza su invasión reproductiva. Y nuestra agonía.

    Estas consideraciones vienen a cuento, porque estas operaciones víricas también ponen en movimiento acciones y reacciones en el mundo visible y tangible de la política. El virus no sabe de política, pero la estimula; y puede incidir en sus mutaciones.

    Como el virus, Alberto Fernández es un oportunista que aprovecha la pandemia para disimular en parte graves cuestiones socioeconómicas, controlar el funcionamiento de las instituciones, acotar los márgenes de la crítica opositora y mejorar, de paso, sus perspectivas de sobrevida en un caldo políticamente infectado.

    Según una lúcida figura acuñada por el desaparecido científico británico Peter Medawar, premio Nobel de Medicina en 1960, el virus "es un trozo de ácido nucleico rodeado de malas noticias". También decía que la primera víctima de la cultura viral, como ocurre en la guerra, es la verdad.

    Lo estamos viendo en todo el mundo, y también en la Argentina. De medias verdades, o peor aún, de briznas de verdad, se construyen relatos generalizadores, con los que muchos gobernantes exaltan sus presuntos logros, transfieren culpas, denuestan a sus adversarios, ocultan información, la parcializan, la manipulan, con la intención de sacar alguna ventaja de la catástrofe. Ni siquiera la común amenaza consigue alinear las voluntades en acuerdos de efectiva colaboración. Como si se tratara de insaciables brokers de Wall Street, todos sacan cálculos y mueven sus piezas en busca de inmediatas ganancias políticas en medio del desastre.

    Ante el aumento de casos, ¿sirve "aislar" la ciudad para controlar la epidemia?    
    Mientras científicos y tecnólogos se queman las pestañas buscando soluciones y paliativos para los enfermos, muchas veces con diseños de ingeniería abierta (con su implícita gratuidad de acceso); mientras quienes trabajan en servicios esenciales por salarios magros ponen el cuerpo a diario en espacios sembrados de peligros de infección, los protagonistas de los poderes públicos perciben puntualmente el pago completo de sus remuneraciones, a menudo abultadas. No hay gesto alguno de efectiva solidaridad, aunque fuere simbólico, con los que ven sus ingresos arrasados por restricciones estatales, explicables pero desparejas, imprescindibles pero injustas si se las mira desde la perspectiva del conjunto.

    Lo más preocupante es que, con la sociedad argentina enclaustrada y sus instituciones inmunodeprimidas, después de haber logrado el otorgamiento de poderes extraordinarios -concedidos de buena fe a causa de la emergencia sanitaria-, el Poder Ejecutivo acelera el envío al Congreso, hasta ahora inactivo, de iniciativas que se proponen introducir cambios raigales en la Argentina. Por su dimensión y alcance ese propósito merece amplia y profunda discusión, y en modo alguno puede ser abordado en medio de una pandemia que se aproxima, por añadidura, a sus peores días. Salvo, claro está, que el apuro remede al oportunismo colonizador del Covid-19.

    Si esta hipótesis se verificara, la maltrecha sociedad argentina enfrentaría una doble y simultánea enfermedad viral: la del Covid-19, que en los próximos meses demostrará toda su virulencia; y la de un embozado y aún no clasificado virus político originado en el oficialismo, que busca ingresar subrepticiamente en el cuerpo social e infectar su célula constitucional, unidad básica del tejido institucional que estructura nuestro sistema de vida democrático y republicano.

    Para muchos, entre los que me incluyo, nuestro país requiere en serio de transformaciones importantes que frenen primero, y luego reviertan, una larga decadencia que se objetiva en múltiples indicadores que nos llenan de vergüenza. Pero su tratamiento no se puede hacer a tontas y a locas, empujados por grupos que aspiran a demoler la Constitución Nacional para instaurar un régimen cuya forma desprende, aunque todavía en términos difusos, un rancio olor a populismo hegemonista.